Los sucesivos y continuos temblores que han ocurrido en Chile, nos provocan incertidumbre y una sensación de inseguridad que nos hace sentir vulnerables, nos induce miedo y nos deja muy afectados. Sobre todo a quienes lo perdieron todo, incluso a seres queridos en aquel terremoto del 27 de febrero de 2010.
Ese terremoto y posterior tsunami, ocasionó mucha destrucción y una herida imperceptible que aún no ha cicatrizado, y que cada cierto tiempo vuelve a doler cuando ocurren estos pequeños sacudones que nos preocupan, porque no sabemos cuanto duraran o qué vendrá después.
Nuestro pensamiento vuelve a recordar la experiencia vivida que cambió nuestra forma de mirar la vida y trajo para algunos, la apatía; para otros, el desapego afectivo, la falta de expectativas, de sueños y falta de entusiasmo para muchos chilenos que aún intentan ponerse de pie.
Nos falta asumir que somos un país sísmico y que lo peor ya pasó, que las réplicas son normales, que sentir temor tambien lo es, pero que eso no debe impedirnos la posibilidad de vivir el día a día con alegría y positivismo.
Dejemos de lado la sombra de una amenaza constante. El aferrarnos a la vida no puede impedirnos vivirla a plenitud como es lo que corresponde, no vinimos a este mundo a estar temerosos sino por el contrario, vinimos a dar lo mejor de nosotros para ser felices.
La vida es un regalo de Dios que no debemos desperdiciar.





